jueves, 7 de febrero de 2013

"Es mejor leer el original": la carga del traductor.


Amables lectores, les aviso que ocasionalmente las entradas de House of Ñ, su blog traducomiquero de confianza, tendrán un corte más personal. No pretendo contarles de mis problemas personales o de la última chica que me haya friendzoneado (¿amigozonificó, zonadeamiguificado?), pero sí de mi vivencia como traductor que soy, tanto de profesión como de formación y, sobre todo, de vocación.

Con alguna frecuencia me encuentro con un comentario similar al que da título a esta entrada, en ocasiones manifestando una plena desconfianza a la disciplina de la traducción en sí. La ocasión más reciente fue en respuesta a la entrada de The Walking Dead. Como lector, debo admitir que muchas veces he evitado las traducciones, ya que por (de)formación profesional soy incapaz de apagar mi “sentido tradu-arácnido” y me la paso analizando en cada oración del texto qué decía, cómo lo decía y por qué el traductor tomó tal o cual decisión.

Por otro lado, como traductor, estoy convencido que leer el original no tiene por qué ser necesariamente mejor. En gran parte, este blog se origina en esa convicción. Creo y defiendo que los traductores podemos y debemos aportar traducciones que sean amenas de leer y que enriquezcan tanto al lector como a la obra; que extiendan puentes de comprensión entre lenguas y culturas; que sean, en breve, valiosas y – como escribió Derrida – relevantes.

Entre las muchas cosas que podría escribir sobre la labor del traductor, lo primero que quisiera compartirles es que traspasar un mensaje de una lengua a otra no tiene nada de automático. Cada texto trae consigo una gama de requisitos, necesidades y problemas que requieren análisis, comprensión y dedicación en diferente medida. Si ello no fuera suficiente, además el traductor necesita cierto temple para decidir en cada instancia solo una solución de traducción de entre muchas, muchas posibles. En ese sentido, la concepción de una traducción tiene algún paralelismo con el espermatozoide que le gana la carrera a millones de sus pares con tal de llegar a la meta y formar una nueva vida. Siguiendo la misma analogía, los traductores de mente más fecunda son los que enfrentarán en su cabeza más y más posibles soluciones antes de determinar a la ganadora.

No es una labor fácil. O al menos no lo es si se desea hacerla bien.




 
Tampoco es una labor que siempre sea bien recibida.



De la misma forma, un concepto que es difícil de adquirir si no se dedica uno a este relajo es que para cada texto no existe una traducción “correcta” unívoca, sino que pueden existir muchas traducciones adecuadas. Una traducción es adecuada cuando cumple las metas que se plantea, pero éstas son dependientes del lector que se tiene en mente, entre otros factores.

Admito, porque me consta, que si algo abunda en el mundo son traducciones malas, pero eso no significa que la traducción en sí tenga que ser una sombra del original, un remedo improvisado o una disculpa entre usuarios de lenguas diferentes. Los traductores de vocación, como su seguro servidor, buscamos compartir la riqueza del contenido que se creó en una lengua y traerla a otra. O moriremos en el intento.


4 comentarios:

  1. Yo suscribo de la idea de traducir planteandose metas (como en la teoría del skopos) pero hay quien discutiría que esto se resta a manipular la información

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  2. Y lo primero que llega a mi cabezota es: ¿Cual de las dos entradas fue primero?

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  3. Escribí primero la entrada en español, luego la traduje.

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